Que una decisión estructural del arbitraje quede librada al azar es, con razón, discutible; y hay que reconocer que el diseño vigente tiene el mérito de reservar el sorteo para el final, tras dos rondas de acuerdo. Pero centrar el debate en el método —azar o elección— corre el riesgo de tapar lo esencial. La norma confía el desempate a una plataforma que todavía no está activa, y lo hace sobre un universo de apenas 73 instituciones, que se reduce a 11 para las controversias de mayor cuantía; y, en paralelo, otro proyecto amenaza con dejar a varias de esas 11 fuera del registro. Ninguna reforma del mecanismo de elección resolverá, por sí sola, que haya tan poco de dónde elegir. La pregunta que el Observatorio propone a la comunidad arbitral no es si sortear o dejar elegir, sino cómo ampliar y fortalecer una oferta que hoy, en los casos que más pesan, se cuenta con los dedos de las manos —y cómo hacerlo con reglas estables, que es lo que hoy, sobre todo, falta.